viernes, 24 de junio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
L-O-S... Where is the T?
- How do you feel?
- Lost.
- Let me help you find you.
D: Estamos en una isla
N: No, no lo estamos
D: Pero mira el mar.
N: Ya lo discutimos, no es mar, es... es...
D: MAAAAAAAAAR!
N: No lo es!
D: MAAAAAAAAAAAAAAR!!!
N: Es una pantera
D: PANTEEEERAAA!!
- Lost.
- Let me help you find you.
D: Estamos en una isla
N: No, no lo estamos
D: Pero mira el mar.
N: Ya lo discutimos, no es mar, es... es...
D: MAAAAAAAAAR!
N: No lo es!
D: MAAAAAAAAAAAAAAR!!!
N: Es una pantera
D: PANTEEEERAAA!!
jueves, 16 de junio de 2011
Una de esas veces
Era una de esas veces en las que pretendía que no le importaba un pepino, cuando en realidad lo que quería era lanzarle un millón de pepinos en la cabeza. Aunque ni con esas se daría cuenta.
N: D, ¿Estas seguro que la perdiste?
D: Si, si, hace un segundo la tenia aqui.
N: ¿Seguro?
D: ¿Seguro de qué?
N: De si la perdiste.
D: Ah... No, no estoy seguro... Seguramente es solo un extravio.
N: ¿Sabes de que hablo?
D: Claro que si.
N: ¿De qué?
D: Pues de florecitas rosas, ¿no? Es de lo que siempre hablas.
N: Si, la perdiste.
N: D, ¿Estas seguro que la perdiste?
D: Si, si, hace un segundo la tenia aqui.
N: ¿Seguro?
D: ¿Seguro de qué?
N: De si la perdiste.
D: Ah... No, no estoy seguro... Seguramente es solo un extravio.
N: ¿Sabes de que hablo?
D: Claro que si.
N: ¿De qué?
D: Pues de florecitas rosas, ¿no? Es de lo que siempre hablas.
N: Si, la perdiste.
domingo, 12 de junio de 2011
Felicidad
La depresión lo impulsó a pensar en algo más alegre, ¿y que había más alegre que la alegría misma? Tras todo lo ocurrido, había ido desarrollado con pausa y sinceridad una pequeña teoría de porque la felicidad se le escapaba tan rápidamente. Porque la felicidad se le escapaba tan rápidamente a todos en realidad. También era una teoría sencilla que había ido perfeccionando en aquellos días fríos de febrero, tras que ella le dijese que se había acabado todo y se llevase su camarita de fotos como quien se lleva a un niño tras un divorcio. No hubo gritos ni peleas, al fin y al cabo ambos tenían claro que era de ella, aunque la hubiese comprado él. Ella le había dado nombre y alma, mientras él se había sentado mirarla a ese único ojo con un cigarrillo en los dedos. Esperando que le guiñase un ojo y le diese alguna idea. Esos días que no pensaba en el romanticismo de la felicidad, sino en el de la depresión. Romanticismo tedioso que hoy se volvía en su contra.
La felicidad. Tenía claro que si quería hablar de la felicidad tenía que ser más que todo subjetivo porque es de esas cosas que lo son todo en el momento y cuando se va... Uno se queda añorándolo, sentado con un cigarrillo mirando el lugar donde estaba esa cámara que se había llevado ella. Porque cuando estaba ella era feliz. Pero ella solo quería guiñarle los ojos, los labios, la piel a su cámara. Él ya era un lente gastado a sus ojos.
La depresión lo volvía más volátil, como si buscara un pensamiento que lo alegrase brevemente para poder reír y dejar de hundirse en el humo gris y frío de su cigarrillo que se consumía sin su ayuda. Por esa volatilidad es que no podía expresar su sencilla teoría, pero ahora debía hacerlo, aunque fuese para sí mismo, un vez más.
- La felicidad es escasa.
Esa era la tesis del asunto, tesis de la que todos, al entrar a cierta edad que nadie sabe a certeza, descubrimos. ¿Pero que era la felicidad? Bueno, aquí es cuando entraba el problema. La felicidad era, como no, un sentimiento, una especie de estado que te hace ignorar las pequeñas cosas y concentrarte en aquello que te da felicidad. Pero la felicidad estaba aliada con el destino.
Aquí era cuando empezaba lo descabellado.
Había que imaginarse a la felicidad como una cosa grande, una masa amorfa y gigante, que vivía desde antes de los humanos, tal vez, pero no antes que el universo. Sin embargo, no debía imaginarse a la felicidad como algo más grande que el universo, tal vez la mitad, o una cuarta parte como mucho, pero nunca más grande que el universo. Porque esto era un error. Pensar que había felicidad para todos. Porque si la hubiese, entonces todos serian felices todo el tiempo de la misma forma que como hay aire todos pueden vivir al mismo tiempo. No, la felicidad no era aire. La felicidad era escasamente sublime, la mejor droga jamás inventada. Si es que fue inventada por alguien, porque un ser humano no podía acreditarse semejante logro.
El cigarrillo quemando sus dedos lo devolvió a la realidad. Lo soltó rápidamente. Se llevó los dedos a la boca para aliviar su dolor con su saliva. Ojala en la vida el dolor fuese tan fácil de aliviar. El dolor lo devolvió a su teoría, casi de forma esclarecedora.
La felicidad era un cuarto del mundo. Con eso bastaba. Ahora, la felicidad era, también, una especie de espora. Se reproducía de forma extraña y aparentemente aleatoria. La felicidad se dividía a sí misma, a ese manto de un cuarto del mundo, en pequeñas porciones de felicidad, sin perder en ningún momento su esencia adictiva. Esas esporas, porciones de felicidad, se apropiaban de pronto de uno, llegadas de la nada. Como si una persona te la ofreciese. Era como si te pusieran unos lentes. Se veía todo de otro color, más alegre. Todo parecía estar bien, en paz, y los problemas no pesaban tanto. Era tan deliciosamente… indescriptible. Como si lo mejor te llenase y no lo quisieras compartir con nadie.
Pero las esporas no duraban lo suficiente. No era justo que una persona fuese feliz todo el tiempo, que a lo largo de sus años de vida pudiese mantener esa espora en su interior. Había demasiada gente y demasiado pocas esporas como para que una persona tuviese el privilegio de contener una en su interior toda su vida. Por mucho se quedaban unos años, pero luego escapaban y te dejaban desolado, preguntándose a donde se había ido, como la habías perdido. ¿Por qué se había llevado su cámara y había dejado esa capa de polvo invisible sobre su cama? Cuando se iban, algunas partículas, caprichosas o agotadas, subían a la masa ligera, pequeña y amorfa y se quedaban allí lo que quisieran, disminuyendo aún más la cantidad de la, ya de por si escasa, felicidad que rodaba por el mundo.
Se levantó, tras buscar infructuosamente en la caja de cigarrillos uno que llevarse a la boca. Revolvió entre sus cosas, mezclada con ropa de ella que había dejado por la casa. No le había importado más que la cámara. Eso le llevaba a preguntarse si la felicidad no vendría en las cosas. Si debía replantearse toda su teoría y no había sido, en realidad, la cámara y su largo lente con el que ella jugueteaba, la que le había traído su propia espora de felicidad. Espora que ya se había ido. Mientras sacaba el cigarrillo, se obsequio un suspiro. Había vuelto a la pequeña atmosfera de felicidad o tal vez se había ido con ella, o con la cámara. Quien sabía. La felicidad era escasa. Debía esperar a que bajase otra espora y lo encontrara. Faltase lo que faltase. Quien sabía, tal vez la siguiente se quedase por un rato más. Podía sobornarla… ¿Pero con que se soborna a la felicidad?
N: Si ves, últimamente escribimos cosas rosadas y te culpo a mi.
D: N, tú crees que nosotros podamos ser de esas esporas?
N: Pues claro que no!
D: Por qué?
N: Las esporas no nadan
D: Eso lo explica todo! Gracias!
N: Lo facil que es razonar con los locos...
La felicidad. Tenía claro que si quería hablar de la felicidad tenía que ser más que todo subjetivo porque es de esas cosas que lo son todo en el momento y cuando se va... Uno se queda añorándolo, sentado con un cigarrillo mirando el lugar donde estaba esa cámara que se había llevado ella. Porque cuando estaba ella era feliz. Pero ella solo quería guiñarle los ojos, los labios, la piel a su cámara. Él ya era un lente gastado a sus ojos.
La depresión lo volvía más volátil, como si buscara un pensamiento que lo alegrase brevemente para poder reír y dejar de hundirse en el humo gris y frío de su cigarrillo que se consumía sin su ayuda. Por esa volatilidad es que no podía expresar su sencilla teoría, pero ahora debía hacerlo, aunque fuese para sí mismo, un vez más.
- La felicidad es escasa.
Esa era la tesis del asunto, tesis de la que todos, al entrar a cierta edad que nadie sabe a certeza, descubrimos. ¿Pero que era la felicidad? Bueno, aquí es cuando entraba el problema. La felicidad era, como no, un sentimiento, una especie de estado que te hace ignorar las pequeñas cosas y concentrarte en aquello que te da felicidad. Pero la felicidad estaba aliada con el destino.
Aquí era cuando empezaba lo descabellado.
Había que imaginarse a la felicidad como una cosa grande, una masa amorfa y gigante, que vivía desde antes de los humanos, tal vez, pero no antes que el universo. Sin embargo, no debía imaginarse a la felicidad como algo más grande que el universo, tal vez la mitad, o una cuarta parte como mucho, pero nunca más grande que el universo. Porque esto era un error. Pensar que había felicidad para todos. Porque si la hubiese, entonces todos serian felices todo el tiempo de la misma forma que como hay aire todos pueden vivir al mismo tiempo. No, la felicidad no era aire. La felicidad era escasamente sublime, la mejor droga jamás inventada. Si es que fue inventada por alguien, porque un ser humano no podía acreditarse semejante logro.
El cigarrillo quemando sus dedos lo devolvió a la realidad. Lo soltó rápidamente. Se llevó los dedos a la boca para aliviar su dolor con su saliva. Ojala en la vida el dolor fuese tan fácil de aliviar. El dolor lo devolvió a su teoría, casi de forma esclarecedora.
La felicidad era un cuarto del mundo. Con eso bastaba. Ahora, la felicidad era, también, una especie de espora. Se reproducía de forma extraña y aparentemente aleatoria. La felicidad se dividía a sí misma, a ese manto de un cuarto del mundo, en pequeñas porciones de felicidad, sin perder en ningún momento su esencia adictiva. Esas esporas, porciones de felicidad, se apropiaban de pronto de uno, llegadas de la nada. Como si una persona te la ofreciese. Era como si te pusieran unos lentes. Se veía todo de otro color, más alegre. Todo parecía estar bien, en paz, y los problemas no pesaban tanto. Era tan deliciosamente… indescriptible. Como si lo mejor te llenase y no lo quisieras compartir con nadie.
Pero las esporas no duraban lo suficiente. No era justo que una persona fuese feliz todo el tiempo, que a lo largo de sus años de vida pudiese mantener esa espora en su interior. Había demasiada gente y demasiado pocas esporas como para que una persona tuviese el privilegio de contener una en su interior toda su vida. Por mucho se quedaban unos años, pero luego escapaban y te dejaban desolado, preguntándose a donde se había ido, como la habías perdido. ¿Por qué se había llevado su cámara y había dejado esa capa de polvo invisible sobre su cama? Cuando se iban, algunas partículas, caprichosas o agotadas, subían a la masa ligera, pequeña y amorfa y se quedaban allí lo que quisieran, disminuyendo aún más la cantidad de la, ya de por si escasa, felicidad que rodaba por el mundo.
Se levantó, tras buscar infructuosamente en la caja de cigarrillos uno que llevarse a la boca. Revolvió entre sus cosas, mezclada con ropa de ella que había dejado por la casa. No le había importado más que la cámara. Eso le llevaba a preguntarse si la felicidad no vendría en las cosas. Si debía replantearse toda su teoría y no había sido, en realidad, la cámara y su largo lente con el que ella jugueteaba, la que le había traído su propia espora de felicidad. Espora que ya se había ido. Mientras sacaba el cigarrillo, se obsequio un suspiro. Había vuelto a la pequeña atmosfera de felicidad o tal vez se había ido con ella, o con la cámara. Quien sabía. La felicidad era escasa. Debía esperar a que bajase otra espora y lo encontrara. Faltase lo que faltase. Quien sabía, tal vez la siguiente se quedase por un rato más. Podía sobornarla… ¿Pero con que se soborna a la felicidad?
N: Si ves, últimamente escribimos cosas rosadas y te culpo a mi.
D: N, tú crees que nosotros podamos ser de esas esporas?
N: Pues claro que no!
D: Por qué?
N: Las esporas no nadan
D: Eso lo explica todo! Gracias!
N: Lo facil que es razonar con los locos...
sábado, 21 de mayo de 2011
Sin
¿Sabes? Podría simplemente acercarme a ti y decir que te amo. Pero no creo que lo comprendieses... (Yo no lo hago)
Etiquetas:
esperando su N y D,
medianocheros
lunes, 9 de mayo de 2011
Una historia que empezaba al revés
Había una vez una historia que empezaba al revés porque empezaba contigo y terminaba sin mí. Había una a falta de tres, y había otra a falta de final. Rebosaba de vida esta historia que empezaba al revés, tal vez porque corría de la muerte hacia la vida, hacia el vacio que viene antes de nacer y que todos conocemos tan bien como conocemos la muerte. La historia contaba un final, que era un comienzo, muy bonito. Salías tú sonriendo en blanco y negro, como en una vieja fotografía. Salías con un fondo claro, que podría ubicarse entre verano y otoño. Uno casi podía ver la ráfaga de viento que revolvía tu pelo, jugueteando. Te podía ver mirándome con tus ojos casi verdes, mientras yo intentaba cambiarle el puesto al viento, romper esos tres metros que nos faltaban y revolverte la mirada con mis dedos.
Hablabas, tranquilo, con tus ademanes pausados y reías por lo alto y grande cada vez que te decían una buena broma y la tarde trascurría hacia la mañana, llevada por las ráfagas de viento que jugaban a desordenarte el pelo. El amanecer se cernía a nuestras espaldas mientras tú seguías gesticulando y riendo y yo seguía observándote con una sonrisa, acomodada de forma extraña en mi silla, como siempre. La comida se rejuvenecía mientras todo era risas y carcajadas a nuestro alrededor. Las palabras seguían saliendo perfectas y entendibles de tu boca, de la mía, de la de otros, lo único que parecía ir yendo hacia atrás era todo lo demás.
La luna vino a confirmarlo, se alzó con orgullo mientras deshacía el camino hacia su cama. A nadie parecía extrañarle y para mí era natural como todo parecía transcurrir tan extraño a tu alrededor. Volvimos a alzar la mirada al cielo y mientras nadie miraba, tu mano buscó la mía y la galanteo con una breve caricia. Yo volví a sonrojarme y esconder la mano en mi cuello, apartando la vista de las constelaciones y mirando al suelo. Luego la conversación retomó su rumbo, caminando hacia atrás en los temas. Una fogata había empezado a lamer los troncos sin quemarlos, reconstruyéndolos de las cenizas, como las aves fénix. Luego, con el atardecer, alguien vino a prenderla.
Nadie había dejado de hablar, de reír y tú no dejabas de mover tus manos ligeras cuando hablabas. Yo no dejaba de mirarte y el viento no dejaba de juguetear con tu pelo, eso era lo único que no cambiaba. De pronto, la gente empezó a pararse e irse, aunque en realidad llegaban. Saludaban con una sonrisa cuando llegaban al irse y se internaban en tu casa, para luego desaparecer con un ronroneo del motor del carro. Nos quedamos solos y yo me pare, dispuesta a llegar yéndome también. Retrocedí lo que debería caminar hacia ti, tú me seguiste tras unos instantes y cuando yo estaba abriendo la puerta, tu brazo me detuvo. Me gire para mirarte. Estábamos solos, tú y yo y no tuviste que fingir la amistad de antes. Me besaste con dulzura, dejando un aroma frutal en mis labios mientras tus brazos rodeaban mi cintura. Luego me susurraste un te quiero atravesado y nos despedimos. Yo tenía una sonrisa tímida, tú una gigante. Camine hacia más allá, pues yo no tenía carro y tú me observaste todo el tiempo desde la puerta, viéndome llegar mientras me iba.
Porque yo sabia y siempre lo he sabido, que el tiempo no pasa igual cuando tú estas cerquita.
N: cada día estamos mas romanticones. Puaj
D: Uh! Mira, mira, sacamos corazoncitos rosas...
N: D, deja de intentar atraparlos, los haras felices.
D: Vengaaaaan corazoncitos, bailemos juntoooos!
Hablabas, tranquilo, con tus ademanes pausados y reías por lo alto y grande cada vez que te decían una buena broma y la tarde trascurría hacia la mañana, llevada por las ráfagas de viento que jugaban a desordenarte el pelo. El amanecer se cernía a nuestras espaldas mientras tú seguías gesticulando y riendo y yo seguía observándote con una sonrisa, acomodada de forma extraña en mi silla, como siempre. La comida se rejuvenecía mientras todo era risas y carcajadas a nuestro alrededor. Las palabras seguían saliendo perfectas y entendibles de tu boca, de la mía, de la de otros, lo único que parecía ir yendo hacia atrás era todo lo demás.
La luna vino a confirmarlo, se alzó con orgullo mientras deshacía el camino hacia su cama. A nadie parecía extrañarle y para mí era natural como todo parecía transcurrir tan extraño a tu alrededor. Volvimos a alzar la mirada al cielo y mientras nadie miraba, tu mano buscó la mía y la galanteo con una breve caricia. Yo volví a sonrojarme y esconder la mano en mi cuello, apartando la vista de las constelaciones y mirando al suelo. Luego la conversación retomó su rumbo, caminando hacia atrás en los temas. Una fogata había empezado a lamer los troncos sin quemarlos, reconstruyéndolos de las cenizas, como las aves fénix. Luego, con el atardecer, alguien vino a prenderla.
Nadie había dejado de hablar, de reír y tú no dejabas de mover tus manos ligeras cuando hablabas. Yo no dejaba de mirarte y el viento no dejaba de juguetear con tu pelo, eso era lo único que no cambiaba. De pronto, la gente empezó a pararse e irse, aunque en realidad llegaban. Saludaban con una sonrisa cuando llegaban al irse y se internaban en tu casa, para luego desaparecer con un ronroneo del motor del carro. Nos quedamos solos y yo me pare, dispuesta a llegar yéndome también. Retrocedí lo que debería caminar hacia ti, tú me seguiste tras unos instantes y cuando yo estaba abriendo la puerta, tu brazo me detuvo. Me gire para mirarte. Estábamos solos, tú y yo y no tuviste que fingir la amistad de antes. Me besaste con dulzura, dejando un aroma frutal en mis labios mientras tus brazos rodeaban mi cintura. Luego me susurraste un te quiero atravesado y nos despedimos. Yo tenía una sonrisa tímida, tú una gigante. Camine hacia más allá, pues yo no tenía carro y tú me observaste todo el tiempo desde la puerta, viéndome llegar mientras me iba.
Porque yo sabia y siempre lo he sabido, que el tiempo no pasa igual cuando tú estas cerquita.
N: cada día estamos mas romanticones. Puaj
D: Uh! Mira, mira, sacamos corazoncitos rosas...
N: D, deja de intentar atraparlos, los haras felices.
D: Vengaaaaan corazoncitos, bailemos juntoooos!
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empalogoso,
Había una vez,
tú
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